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Fe, magia, experiencia y espiritualidad

 

 

A modo de reflexión personal, meditaba hoy sobre la vivencia espiritual y las experiencias de trascendencia que experimentamos aquellas personas que nos interesamos por la espiritualidad a lo largo de nuestras vidas.

 

El camino de la magia en nuestros días está a menudo desvinculado de la experiencia espiritual, o al menos eso podría parecer cuando nos acercamos a los incontables libros que hablan sobre el tema. En ellos se habla mucho de poder, de las capacidades ocultas del ser humano, de las capacidades sobrenaturales de los antiguos ocultistas y magos. Parece que esa imagen -tan hollywoodiense- de un mago vuelto sobre la mesa de un sacrificio animal ha saltado directamente de las páginas de Eliphas Lévi a la cultura pop.

 

Pero en mi experiencia personal, nada podría estar más equivocado. Es cierto que la magia como camino de trascendencia está lejos de ser una religión al uso, tanto como lo está de servir únicamente a los intereses terrenales de quienes se acercan a ella. Es cierto que el poder es una parte importante del camino, pero no es el objetivo, al menos no el primordial.

 

La reflexión sobre esta forma de vía interior lleva inevitablemente a la reflexión sobre la espiritualidad. Soy de la opinión de que la espiritualidad le pertenece al ser humano como individuo, de la misma forma que le pertenece su páncreas o sus pensamientos. Es, para mí, una circunstancia de la experiencia vital tal como la capacidad de correr o de amar. La forma que ésta capacidad inherente de la naturaleza humana toma está marcada por la decisión personal de cada uno.

 

En ese sentido, la magia nace en la misma fuente inagotable de la que todos bebemos, y toma sus características de la dirección en la que responde a esas preguntas existenciales, las mismas que toda forma de espiritualidad intenta responder a su manera. La magia es un camino de experiencia, donde la creencia preestablecida y la fe del discurso intelectivo se reemplazan por la experiencia de las capacidades internas de la mente y del espíritu, lo que conlleva una afirmación de la veracidad del mundo subjetivo y de la propia capacidad para observar, modificar y transformar la propia conciencia. El poder que gana quien toma este camino, a través del esfuerzo, es el poder sobre uno mismo, sobre las propias pasiones, miedos y deseos, como la antesala de la libertad espiritual.

 

Hay muchas experiencias de lo trascendente que, simplemente, son incomunicables: son como el reservorio de la gnosis personal intransferible. En ese sentido, la espiritualidad mágica no deja espacio para la fe discursiva, y se decanta por dirigir al iniciado hacia la experiencia directa. Lo que puede parecer solitario por su imposibilidad por compartirse, se transforma en una comunidad de personas que se esfuerzan verdaderamente por seguir, cada uno a su ritmo y en su libertad, la tradición mágica que recibimos de los ancestros espirituales de nuestra familia mágica.

 

La espiritualidad, para mí que he tomado este camino, no consiste en creer, sino en ver. Lo que implica una calidad de ser interior que se siente atraído por la virtud, por la nobleza y los pensamientos y éticas como los de los filósofos clásicos, amantes de la razón y el bienestar. Una espiritualidad -como la magia- que no nos divorcia del mundo ni de nosotros mismos, sino que nos lleva hacia ello y a través de ello, para que podamos tomar impulso y acercarnos cada vez un poco más a todas esas cosas que no tienen nombre.

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